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No hay emociones buenas ni malas

  • amandagarciarguez
  • 20 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Tendemos a dividir las emociones en buenas y malas. Alegría y calma parecen estar en el “lado positivo”, mientras que la rabia, la tristeza o el miedo suelen colocarse en el “negativo”. Pero lo cierto es que ninguna emoción es buena ni mala en sí misma.


Lo que cambia es cómo las sentimos: algunas resultan agradables y nos invitan a disfrutarlas, mientras que otras son incómodas o desagradables y preferiríamos que desaparecieran cuanto antes. Sin embargo, todas cumplen una función esencial. Si aprendemos a entenderlas como señales y no como enemigas, dejan de ser un obstáculo y se convierten en aliadas para nuestra vida cotidiana.





La función adaptativa de cada emoción


Las emociones no aparecen porque sí. Son una respuesta automática que nos ayuda a adaptarnos al entorno. Funcionan como brújulas internas que nos orientan sobre lo que necesitamos en cada momento.


La alegría, por ejemplo, nos impulsa a acercarnos a lo que nos hace bien y a compartirlo con los demás. El miedo activa nuestro sistema de alerta para protegernos de un peligro, ya sea real o imaginado. La tristeza nos invita a frenar, reconocer lo que hemos perdido y pedir apoyo en lugar de aislarnos. La rabia, aunque a menudo intentamos reprimirla, nos muestra cuándo se ha vulnerado un límite y nos da energía para defendernos. Incluso el asco, que parece una emoción “menor”, cumple la función de alejarnos de lo que podría dañarnos, desde un alimento en mal estado hasta una situación que sentimos tóxica.


Podemos verlo con ejemplos muy cotidianos: cuando alguien te habla con injusticia, la rabia te ayuda a poner un freno. Si atraviesas una ruptura, la tristeza te permite elaborar la pérdida en lugar de forzarte a seguir como si nada. Al cruzar una calle con tráfico, es el miedo el que te mantiene alerta hasta que resulta seguro avanzar. Y en una cena con amigos, la alegría fortalece tus vínculos y tu sensación de pertenencia.


Todas ellas, incluso las que resultan más incómodas, están ahí para orientarnos, avisarnos y protegernos.



Escuchar sin juzgar


El verdadero problema aparece cuando etiquetamos las emociones como buenas o malas. Al hacerlo, nos predisponemos a luchar contra una parte de nosotros mismos: rechazamos la tristeza, evitamos la rabia, tapamos el miedo… y con ello perdemos la información valiosa que traen.


Cambiar la mirada implica dejar de preguntarnos “¿cómo puedo quitarme esto de encima?” y empezar a preguntarnos “¿qué me está diciendo esta emoción?”. Esa diferencia abre un espacio nuevo: en lugar de pelearnos con lo que sentimos, podemos escucharlo y regularlo.

Por ejemplo, la ansiedad puede ser una señal de que llevas demasiado tiempo sobrecargada y necesitas un descanso. La tristeza puede estar recordándote que hay una parte de ti que necesita ser cuidada. Incluso la rabia puede convertirse en un motor para poner límites sanos en tus relaciones.


Cuando comprendemos que todas las emociones buscan nuestro bienestar, aunque a veces lo hagan de forma incómoda, dejamos de juzgarlas y empezamos a integrarlas.



Una invitación


La próxima vez que notes que algo en ti incomoda, en lugar de intentar apagarlo, prueba a detenerte un instante y hacerte una sola pregunta:


¿Qué me está intentando decir esta emoción?


Tal vez descubras que detrás del miedo, la tristeza o la rabia, también hay una guía que te cuida. Porque no hay emociones buenas ni malas, solo mensajes internos esperando ser escuchados.




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