Cuando las Navidades no se sienten como deberían
- amandagarciarguez
- 29 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Solemos tener una imagen muy concreta asociada a la Navidad: un tiempo de alegría, unión, calma, gratitud. Un paréntesis especial en el año en el que todo parece encajar un poco más.
Pero para muchas personas, las Navidades no se viven así. Y cuando eso ocurre, no solo aparece el malestar, sino también la sensación de estar fuera de lugar, como si la experiencia propia no encajara con lo que se espera de estas fechas.

Cuando lo que sentimos no coincide con lo que se espera
En Navidad se activan muchos “debería”.
Debería disfrutar más.
Debería estar tranquila.
Debería aprovechar estos días.
Cuando lo que sentimos no va en esa dirección, es fácil empezar a exigirse por dentro. A preguntarse por qué cuesta tanto, por qué pesa, por qué no se vive como “toca”.
Sin embargo, las emociones no responden a fechas señaladas. Y el cuerpo tampoco.
Lo que se mueve en estas fechas
La Navidad concentra muchas capas a la vez: encuentros intensos, recuerdos que vuelven, ausencias que se notan más, cambios de rutina, más estímulos, menos espacios propios.
Para algunas personas esto se traduce en nerviosismo, irritabilidad o sensación de saturación. Para otras, en cansancio profundo, desconexión o una especie de apagamiento emocional.
No es casual. Es el sistema nervioso intentando adaptarse a un contexto cargado, a veces demasiado cargado.
No es que te pase algo raro
Que estas fechas te remuevan no significa que haya algo mal en ti. Muchas veces significa justo lo contrario: que tu cuerpo está respondiendo a lo que hay, a lo que hubo y a lo que falta.
La Navidad no llega nunca a una hoja en blanco. Llega a historias ya vividas, a vínculos que importan, a experiencias que han dejado huella. Aunque durante el año todo eso quede más en segundo plano, en estas fechas suele activarse con más fuerza.
No sentir alegría constante, o sentir ambivalencia, o necesitar distancia, también es una forma legítima de atravesar la Navidad.
A veces no se trata de forzarnos a sentir algo distinto, sino de dejar de discutir con lo que ya está presente. De reconocerlo sin intentar corregirlo inmediatamente, sin convertirlo en un problema que hay que resolver.
Quizá no haga falta arreglar nada
En estas fechas solemos intentar “colocarnos” emocionalmente: animarnos, relativizar, agradecer, minimizar lo que pesa. Como si estar mejor fuera una responsabilidad más que cumplir.
Pero en ocasiones, ese esfuerzo por estar de otra manera añade más tensión que alivio. Porque implica no permitirnos sentir lo que realmente está ocurriendo por dentro.
A veces, lo más regulador no es cambiar la emoción, sino permitirla. No empujarla, no taparla, no apresurarla. Darnos un poco más de margen interno para estar como estamos, con menos exigencia y más comprensión.
No todo lo que incomoda necesita ser arreglado. Algunas cosas necesitan ser escuchadas.
Una invitación
Si estas Navidades se sienten de una manera que no esperabas, quizá la pregunta no sea qué te falta, sino qué necesita ahora tu cuerpo y tu mundo interno.
Tal vez no haya respuestas claras. Tal vez no haya nada que entender del todo, ni decisiones que tomar, ni emociones que ordenar. Quizá solo haya sensaciones, cansancio, una mezcla difícil de nombrar.
Y aun así, escucharte sin juicio, sin intentar colocarte en otro lugar, sin prisas por estar mejor, puede ser ya una forma de cuidado.
A veces no hace falta llegar a ningún sitio distinto. A veces basta con permitirnos estar donde estamos, con un poco más de presencia y un poco menos de exigencia.
Y desde ahí, poco a poco, algo empieza a aflojar.


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