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Cuando tu cuerpo no se cree lo que tu cabeza ya sabe

Foto del escritor: Amanda García Rodríguez
Amanda García Rodríguez
8 ago
6 min de lectura

Actualizado: 9 ago


En el artículo anterior, "Entendiendo cómo funciona nuestro cerebro", veíamos que nuestro cerebro está diseñado para mantenernos con vida. Y que, cuando interpreta que existe una amenaza, puede poner en marcha respuestas automáticas incluso antes de que tengamos tiempo de pensar con claridad.


Si no lo has leído todavía, te recomiendo empezar por ahí, porque te ayudará a entender mucho mejor lo que vamos a ver hoy.


Pero entender eso, suele dar paso a una nueva pregunta.


"Si ya sé que no pasa nada, ¿por qué sigo sintiéndolo? ¿Por qué sigo sintiendo ansiedad si sé que no hay peligro?"


Son frases que escucho a menudo en consulta:


"Sé que mi pareja me quiere, pero cuando tarda en contestarme siento que algo va mal."


"Sé que hablar en esa reunión no es peligroso, pero mi corazón empieza a latir como si lo fuera."


"Sé que aquello ocurrió hace años, pero hay momentos en los que mi cuerpo reacciona como si estuviera pasando otra vez."


Detrás de todas esas frases suele haber la misma sensación: la frustración de no entender por qué el cuerpo sigue reaccionando cuando la cabeza ya sabe que no hay peligro.


Y cada vez que alguien me plantea esa duda pienso lo mismo: no hay nada extraño en lo que le está pasando. Lo extraño sería que el cuerpo pudiera desaprender en un segundo algo que tardó años en aprender.



Regalos de Navidad envueltos, símbolo de ilusión y espera en torno a los Reyes Magos y el pensamiento mágico.


Tu cabeza aprende de una forma. Tu cuerpo, de otra.


Nuestra mente puede cambiar muy deprisa. Podemos leer un libro, escuchar una conversación o entender una explicación que haga que algo encaje de repente. Todos hemos tenido alguna vez esa sensación de pensar: "Ahora sí. Ahora lo entiendo."


Pero entender no significa que todo nuestro organismo haya cambiado al mismo ritmo. Porque comprender es un proceso intelectual. En cambio integrar es un proceso experiencial.


Nuestra cabeza aprende con explicaciones. Nuestro cuerpo aprende viviendo experiencias.


Piensa, por ejemplo, en montar en bicicleta. Podrías leer cien manuales sobre cómo mantener el equilibrio. Podrías aprender la física que hay detrás. Podrías explicar perfectamente cómo se hace. Y, aun así, seguir cayéndote la primera vez que intentaras montar.


Solo cuando el cuerpo vive esa experiencia una y otra vez aparece un aprendizaje distinto. Un aprendizaje que deja de depender del pensamiento.


Con nuestras emociones ocurre algo muy parecido. Puedes comprender perfectamente que hoy estás a salvo y, aun así, notar un nudo en el estómago cuando alguien levanta el tono de voz. Puedes saber que tu pareja actual no se parece en nada a relaciones anteriores y, sin embargo, sentir miedo cuando percibes distancia. Puedes saber que un error en el trabajo no significa que seas un fracaso y, aun así, notar cómo se acelera el corazón cuando alguien quiere hablar contigo.


No ocurre porque seas irracional, ni porque estés exagerando, ni porque no hayas entendido suficiente. Ocurre porque una parte de ti todavía está funcionando con un aprendizaje antiguo. Tu cabeza ya ha llegado pero tu cuerpo todavía está de camino.

Y esa diferencia explica buena parte del malestar de muchas personas.



Hay recuerdos que no se cuentan, se sienten


Cuando pensamos en la memoria solemos imaginar recuerdos: una conversación, una fotografía, un cumpleaños, el nombre de un profesor.


Pero nuestro cerebro almacena información de muchas maneras. Existe un tipo de memoria que no siempre podemos explicar con palabras y que no guarda únicamente lo que ocurrió, sino también cómo aprendió nuestro organismo a responder.


Se trata de la memoria implícita. No suele aparecer en forma de recuerdos, sino que suele hacerlo en forma de sensaciones.


Gracias a ella no tenemos que pensar cómo caminar, cómo mantener el equilibrio o cómo conducir después de años haciéndolo. Son aprendizajes que el cuerpo automatiza.


Con las experiencias emocionales sucede exactamente lo mismo. Si durante mucho tiempo tu organismo aprendió que levantar la voz significaba peligro, puede seguir reaccionando automáticamente muchos años después, incluso aunque racionalmente sepas que esa persona no pretende hacerte daño. Si aprendió que expresar tus necesidades terminaba en rechazo, es posible que todavía hoy te cueste pedir ayuda, aunque estés rodeado de personas que sí podrían sostenerte.


No es que estés viviendo en el pasado. Es que una parte de tu cuerpo todavía responde con un mapa antiguo.



Tu cuerpo no espera a que termines de pensar


Imagina que vas caminando por el campo y, de repente, ves algo alargado en el suelo. Antes incluso de saber si es una serpiente o una rama, probablemente tu cuerpo ya habrá reaccionado. El corazón se acelera, los músculos se tensan, la respiración cambia...

Después te acercas un poco más y descubres que era una simple rama. La razón llega, pero el cuerpo ya había empezado a protegerte.


Con las emociones ocurre algo parecido. Nuestro organismo no espera a tener toda la información, trabaja con probabilidades, con parecidos, con señales. Si algo se parece lo suficiente a una experiencia que un día vivió como peligrosa, puede activar una respuesta automática mucho antes de que nuestra parte racional tenga tiempo de decir:

"Espera, esta vez es diferente."


Y eso no es un error del cerebro. Es precisamente una de las razones por las que nuestra especie ha sobrevivido durante miles de años.



Entonces… ¿hablar sirve?


Sí, muchísimo. Poder contar lo que hemos vivido, poner palabras a emociones que durante años no las tuvieron o comprender de dónde vienen determinadas reacciones, puede ser profundamente reparador.


A veces, solo entender que "no estoy loco" o que "esto tiene una explicación" ya produce un enorme alivio.


Comprender es aliviar. Y ese alivio es importante, mucho más de lo que a veces creemos. Porque dejar de luchar contra uno mismo suele ser el primer paso para empezar a sanar. Pero hay ocasiones en las que hablar, por sí solo, no consigue cambiar la forma en que el cuerpo responde.


¿Por qué? Porque una parte del aprendizaje no está almacenada como una historia que contamos. Está almacenada como una experiencia que el organismo recuerda. Y las experiencias necesitan experiencias nuevas para actualizarse.



Rincón luminoso junto a una ventana que invita a la calma y la reflexión


¿Y cómo consigue la terapia que el cuerpo empiece a creérselo?


Cuando hablamos de terapia, muchas personas imaginan únicamente una conversación. Y hablar es una parte importante del proceso. Comprender nuestra historia, poner palabras a lo que sentimos o darle sentido a lo vivido puede ser profundamente reparador.


Pero cuando determinadas experiencias han quedado grabadas a un nivel más profundo, no siempre basta con entenderlas. Por eso existen enfoques terapéuticos que, además de trabajar con los pensamientos, ayudan al cerebro a reprocesar esas experiencias de una forma diferente.


Es el caso de la terapia EMDR, el enfoque con el que trabajo habitualmente. Su objetivo no es convencerte de que ya no estás en peligro, sino ayudar a que el cerebro pueda integrar aquello que quedó "atascado" en el pasado.


No se trata de borrar lo que ocurrió, sino de ayudar al cerebro a almacenarlo de una forma que deje de sentirse como un peligro presente.


A medida que ese reprocesamiento ocurre, muchas personas descubren algo sorprendente: la situación no ha cambiado, pero su forma de vivirla sí. No porque hayan aprendido a repetirse que todo va bien, sino porque su organismo empieza, poco a poco, a reaccionar como si realmente pudiera creerlo.



No estás retrocediendo


Hay personas que llegan a consulta preocupadas porque sienten que, después de todo el trabajo que han hecho, deberían estar mejor. Han leído, han reflexionado, han comprendido muchas cosas sobre su historia... Y, sin embargo, hay situaciones que siguen removiéndolas por dentro.


Eso suele hacerles pensar que están estancadas o que la terapia no está funcionando. Sin embargo, muchas veces ocurre justo lo contrario. Comprender es un paso enorme.

Es el momento en que la cabeza empieza a caminar por delante.


En cambio el cuerpo necesita un poco más de tiempo. No porque sea más lento, sino porque habla otro idioma y traducir años de aprendizaje emocional no sucede de un día para otro.


No estás volviendo atrás. Estás permitiendo que una parte de ti alcance a la otra.



Cuando la cabeza y el cuerpo vuelven a hablar el mismo idioma


La verdadera sensación de seguridad no aparece únicamente cuando entiendes que estás a salvo, aparece cuando tu organismo deja de comportarse como si todavía estuviera en peligro. Ese es el momento en el que dejas de tener que convencerte constantemente de que "todo está bien", porque ya no necesitas decírtelo, empiezas a sentirlo.


Y quizá esa sea una de las transformaciones más bonitas que pueden ocurrir en terapia, no que tu historia desaparezca, no que olvides lo que viviste, sino que aquello que un día te obligó a vivir en alerta deje, por fin, de dirigir tu vida.


Porque, al final, el objetivo de la terapia no es que aprendas a repetirte que todo está bien, es que llegue un día en el que ya no necesites repetírtelo, porque tu cuerpo también lo sabe.


Si te has sentido identificado con lo que has leído, quiero que te quedes con una idea: que tu cuerpo siga reaccionando no significa que estés haciendo algo mal, significa que hay aprendizajes que necesitan algo más que una explicación para transformarse.



En el próximo artículo...


Si comprender no basta, entonces surge una pregunta inevitable.


¿Qué necesita el cuerpo para empezar a sentirse realmente seguro?


En el siguiente artículo hablaremos de nuestro sistema nervioso y de cómo, sin que nos demos cuenta, es él quien decide muchas veces si vivimos una situación desde la calma, desde la alerta o desde el bloqueo.


Veremos por qué a veces nos cuesta tanto salir de esos estados y cómo entender el funcionamiento del sistema nervioso es el primer paso para dejar de luchar contra nuestras reacciones y empezar a trabajar con ellas.


¡No te lo pierdas!




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