Pensamiento mágico y Reyes Magos: ilusión, deseo y espera
- amandagarciarguez
- 5 ene
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En estas fechas aparecen con fuerza los deseos. Los de los niños, escritos con ilusión. Y también los de los adultos, aunque no siempre se escriban ni se digan en voz alta.
La llegada de los Reyes Magos, los rituales que se repiten año tras año, la espera, la ilusión compartida… Todo eso pone en juego algo más profundo que la expectativa de un regalo. En torno a los Reyes se concentra una forma muy especial de esperar, desear y confiar, que conecta directamente con el pensamiento mágico.

Qué es el pensamiento mágico
El pensamiento mágico es la tendencia a creer, de forma más o menos consciente, que nuestros deseos, pensamientos o rituales pueden influir en lo que ocurre.
No se trata necesariamente de creer de forma literal que algo va a suceder, sino de apoyarse en la ilusión, en la esperanza o en la fantasía como una manera de transitar momentos de incertidumbre, espera o vulnerabilidad.
La ilusión en la infancia
En la infancia, el pensamiento mágico es una forma natural de relacionarse con el mundo cuando aún no se dispone de todas las herramientas para comprenderlo racionalmente.
Creer que los deseos pueden cumplirse, que los rituales tienen un sentido especial o que hay figuras que cuidan desde fuera, ayuda a los niños a orientarse en una realidad que, de otro modo, podría resultar demasiado compleja o incierta.
La fantasía cumple una función importante: organiza la espera, da sentido al tiempo, calma la ansiedad y permite confiar. No se trata solo de ilusión, sino de seguridad emocional. Saber que algo llegará, que hay adultos acompañando el ritual y que el mundo responde de forma más o menos previsible.
La noche de Reyes es uno de los ejemplos más claros de cómo el pensamiento mágico cumple esta función organizadora. La carta, la espera, los rituales previos, la anticipación… Todo ese proceso ayuda a los niños a sostener la incertidumbre, a confiar en que algo llegará y a regular la emoción sin necesidad de controlarlo todo.
Por eso, el pensamiento mágico en la infancia no es ingenuidad. Es una forma temprana de regulación emocional y de construcción de confianza en el entorno.

Y en los adultos… ¿Desaparece?
No. El pensamiento mágico no desaparece. Se transforma.
En la vida adulta suele aparecer en momentos de cambio, cansancio o incertidumbre. Especialmente en fechas como estas, donde se concentran balances, expectativas y deseos de que algo sea distinto.
Incluso en torno a los Reyes, muchos adultos siguen deseando, aunque sea en silencio, que algo cambie, que algo se coloque, que este año traiga algo diferente.
Aparece en pensamientos como:
“Este año será diferente.”
“Quizá ahora sí.”
“Ojalá pase algo que lo cambie todo.”
No es falta de madurez. Es una manera de mantener la esperanza cuando la realidad pesa.
Cuándo ayuda y cuándo limita
El pensamiento mágico puede ser un recurso transitorio. Una forma de no rendirse, de no cerrar del todo, de seguir adelante cuando no hay certezas claras. En momentos de espera, de cansancio o de vulnerabilidad, la ilusión puede funcionar como un pequeño apoyo interno que permite seguir caminando.
Desear que algo mejore, confiar en que algo diferente pueda ocurrir o permitirnos imaginar un escenario más amable no es, en sí mismo, problemático. Al contrario: muchas veces es lo que evita que el desánimo lo ocupe todo.
La dificultad aparece cuando toda la regulación emocional queda apoyada únicamente en que algo externo ocurra: un cambio, una respuesta, un gesto, un acontecimiento que venga desde fuera a resolver lo que duele por dentro. Cuando la espera se vuelve pasiva y la esperanza empieza a vivirse como la única salida posible.
Ahí, más que ilusión, aparece la dependencia. Y con ella, la frustración cuando la realidad no responde como se esperaba.
Entre la ilusión y la realidad
No se trata de eliminar el pensamiento mágico ni de negarlo. Tampoco de forzarnos a una mirada excesivamente racional que apague el deseo o la esperanza.
Se trata de encontrar un punto intermedio: permitirnos desear, ilusionarnos y esperar, sin dejar que todo nuestro equilibrio emocional dependa de que algo externo ocurra. Que la ilusión tenga un lugar, pero no sea el único apoyo disponible.
Cuando el pensamiento mágico puede convivir con otros recursos internos, como la capacidad de cuidarnos, de pedir ayuda o de sostener lo que sentimos, deja de ser una carga y pasa a ser una parte más de nuestra experiencia emocional.
En los niños, esto implica acompañar sin romper la fantasía antes de tiempo, ofreciendo seguridad y presencia mientras la ilusión cumple su función. En los adultos, reconocer el deseo sin dejarlo todo en manos de que “algo pase”, ampliando las formas de sostenernos más allá de la espera.
Algo que merece quedarse
Quizá el pensamiento mágico no sea algo de lo que haya que desprenderse, sino algo que necesita ser integrado con más conciencia.
Reconocer el deseo, la ilusión o la esperanza sin delegar en ellas todo nuestro equilibrio emocional. Poder convivir con esa parte sin apagarla, pero también sin quedar a merced de que el mundo responda como esperamos.
Quizá por eso los Reyes siguen teniendo sentido, incluso cuando ya no creemos en ellos como antes.
Porque desear también es humano. Y aprender a vivir mientras deseamos, también.


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